La unión de los que trabajamos la tierra

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A continuación compartimos la editorial de la revista institucional de la Federación de Cooperativas Federadas Ltda. (Fecofe), que lleva la firma de su presidente, Juan Manuel Rossi.

La siguiente es una frase atribuida a Francisco Netri, el 15 de agosto de 1912: “Propongo, por lo tanto, que se constituya con el nombre de Federación Agraria Argentina una sociedad de agricultores cuyo fin sea unir a todos los trabajadores de la tierra para conseguir, por todos los medios lícitos, una mejor condición de vida, poniendo la energía de todos al servicio de cada uno”. En ella, el líder y mártir federado identifica un sujeto social, caracterizando al agricultor como trabajador de la tierra, y señala que para mejorarles la vida es necesaria la unión en una organización a su servicio.

Asombra la vigencia del enunciado. Sujeto agrario, trabajo, tierra, organización y calidad de vida, son los conceptos clave. Todavía, ciento siete años después, los seguimos debatiendo.

Se siguen “cayendo” productores, siguen cerrando cooperativas y nosotros nos seguimos lamentando. Si alguien sale del sistema productivo, deja de producir, de brindar servicios o de comercializar. Nada se pierde, todo se transforma, nos enseñó Lavoisier. Sincrónicamente otros suman, concentran, apropian.

Porque la tierra es finita, siempre es la misma para cada vez más herederos (y más acechadores). Que la usufructúan, la ceden, la pierden o la olvidan. En todos los casos la abandonan.

Federación Agraria Argentina (NR: FAA) -la más plebeya de las entidades clásicas del sector- ha quedado subsumida en otra identidad, y por lo tanto en otros valores y otros intereses. La extemporánea Mesa de Enlace, desdibujada y pálida, se sirve de la orfandad de los más vulnerables. Para servir a un puñado de privilegiados, otrora llamados oligarcas.

La zapatista (por Emiliano) consigna “La tierra es para quien la trabaja”, fue determinante en la Federación Agraria de Piacenza y llegó a ser incluida por la FAA en la frustrada Constitución del ’49. Al mundo de los alimentos lo componen productores, originadores, transportistas, profesionales, comercializadores, obreros, exportadores, entre otros actores y prestadores de servicios.

Según dónde ubiquemos al arrendador, será nuestra visión de ese universo.

También develará los costos de producción y el precio de los alimentos en la mesa de los consumidores. Hete aquí el gran tabú del quehacer productivo y de las políticas públicas aplicadas. Ya sea asumiendo o ninguneado el incordio.

No hay peor sordo que el que no quiere oír. Es un tabú, precisamente, porque subyace en el prejuicio canónico de aquello prohibido. Pecaminoso. De eso no se habla. Pero se escucha igual y se paga igual, el alquiler de la tierra. Religiosamente. Es cierto que en el arriendo hay un derecho -que no siempre nace de una necesidad-. Pasa que se alquila el pedazo de campo porque no conviene trabajarlo, porque es pequeño, por los costos, porque las maquinarias. Porque la tentación de la renta cómoda bien vale el riesgo infernal de la pereza.

Para repoblar es necesario que haya trabajo. En el territorio, con la tierra. El trabajo entra y sale de la tierra con el cuerpo, la máquina, la mente y el alma. Las nuevas representaciones surgirán de esas identidades, de esos intereses, de esas necesidades. La realidad ya ha cambiado. La verdad reposa en quienes transforman la tierra, transformando la realidad. La representación ya no yace en un puñado de dirigentes enlazados sino en nuevas mayorías agrarias.

El cooperativismo agrario unido puede ser la llave que abra el laberinto. Se impone un espacio amplio, que albergue las diversas identidades y las resignifique. La visión de largo plazo, de conjunto, de nación, de justicia, de equidad, no pueden ser significantes vacíos.

Generalmente, un productor elije a su cooperativa por cercanía, por tradición. No por una identificación principista. No son valores éticos los que intervienen en esos rasgos de pertenencia. Entonces para qué disgregar los esfuerzos, desperdiciar energías, despilfarrar recursos y competir entre pares.

Si la base es la misma, si el sujeto social es idéntico: ¿Para qué tantas identidades distintas? Si es que verdaderamente son tan distintas. ¿Por qué no pensar en una representación unificada, que abrigue y admita a todos los cooperativistas? ¿Por qué la interpelación a los gobiernos se hace uniendo los distintos y separando los iguales? Quizás no sea una ingenuidad, tal vez haya sido pensado. Por otros intereses. El desafío pues, será repensarlo, deconstruirlo, rearmarlo. Con todos los de este lado de la vereda.

El cooperativismo agrario lleva más de un siglo vigente. Con épocas de retracción y otras de gloria. Siempre depende del contexto y de la dirigencia. Sobre ambas aristas podemos influir, sobre todo en la segunda. La hora reclama desprendimiento, generosidad, patriotismo.

La cooperación entre cooperativas es intrínseco, existencial, está en nuestra naturaleza. Nada hemos de forzar. Los relacionamientos entre las entidades cooperativas agroalimentarias mutarán en lazos colaborativos. El objetivo trasciende al mero estándar de contactos formales. Es preciso instituir un nuevo orden vincular en nuestras organizaciones. Institucionalizar lo igual y lo diverso, con los que dan vida a las cooperativas, con los que trabajan la tierra, con los que elaboran alimentos, con los que articulan organización y con los que producen conocimiento.

Fuente: Publicación Fecofe Nº 30.

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